La mentira y la religión

En las diferentes religiones -tanto de las civilizaciones antiguas como de las actuales- la mentira es considerada algo moralmente incorrecto que no debe ser practicado por ninguna persona de bien. En la Biblia, que contiene la doctrina que inspira al judaísmo y el cristianismo, la mentira es un problema arraigado en el corazón del hombre. En el libro del profeta Jeremías, capítulo 17, versículo 9, dice:

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?  Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.

El corazón es el centro de las actividades del alma; el alma controla los actos conscientes e inconscientes que los seres humanos realizamos; eso indica que la mentira puede ser una actividad racional, pero también una actividad realizada de forma espontánea, que no requiere una reflexión previa sino que puede ser el resultado de un impuso instintivo.  Así, al decir que el engaño está arraigado en el corazón, Dios afirma que la mentira es algo mucho más profundo de lo que nosotros consideramos. Esa es la razón por la cual tenemos una lucha constante entre lo que quisiéramos hacer y lo que realmente hacemos. Un ejemplo de ello es la infidelidad conyugal. Cuando una pareja contrae matrimonio, regularmente lo hace muy enamorada y suele hacer votos mutuos de fidelidad; sin embargo, en la mayoría de parejas alguno rompe su voto y tiene una relación extra matrimonial; cuando es descubierto, su primera reacción es negar los hechos. La principal razón para eso, es el temor a perder su matrimonio. Finalmente, esta persona, ante las evidencias que lo acusan, termina aceptando su engaño; sin embargo, se muestra arrepentido de lo que hizo y ruega el perdón, aduciendo que nunca quiso hacerle daño a su pareja ni a sus hijos, y que no quiere perder su hogar. Pablo, el escritor de las Cartas Paulinas de la Biblia, en su epístola a los romanos, capítulo 7, expone esta realidad. Allí, en los versículos 14 al 17, el escribe:

Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.

Esa frustración expuesta por Pablo en estas palabras es la misma frustración en la que nos vemos inmersos todas las personas, porque no somos capaces de controlar nuestro corazón; y, por lo consiguiente, tampoco nuestras acciones. La historia narrada en el capítulo 8 del Evangelio de Juan, describe esta realidad en forma y contundente y dramática. Allí, los versículos 3 al 5, registran lo siguiente:

Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres.

Aquí vemos cómo este grupo de personas se acercan a Jesús, citando la ley establecida en su sistema religioso, que condenaba y castigaba la infidelidad conyugal con la muerte. Ellos, aunque en apariencia buscaban hacer justicia, sus verdaderas intenciones eran otras; es decir, lo único que había detrás de esta acción, era un engaño. Por eso, en el siguiente versículo dice:

Mas esto decían tentándole, para poder acusarle.

Entonces, Jesús, después de escucharles, entendiendo e interpretando correctamente la hipocresía de ellos, les lanza un inesperado pero impactante desafío que fue demoledor para ellos, pues sacó a la luz sus verdaderas intenciones. Eso es lo que vemos en el versículo 7, en donde dice:

Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.

Esa declaración desnudó su consciencia y los expuso ante su propia realidad. En realidad, ninguno de ellos era mejor que esa mujer; pues todos -ante el estándar de la misma ley que decían defender- no eran mentirosos e hipócritas. El paradigma de esta historia, se constituye en un espejo que plantea el problema de la humanidad: la mentira está ligada al corazón y al comportamiento de los seres humanos; por esa causa, el hombre no puede, por sí mismo, establecer ni eliminar los parámetros del bien y el mal.

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